Versos, canciones y trocitos de carne. Se inaugura el género Gellida

César Pérez Gellida - Fuente

      César Pérez Gellida, para mí, fue todo un acontecimiento. Las comparaciones son siempre odiosas, pero enseguida me percaté qué significa el género Gellida ‒no es Larsson ni Urturi, por poner un ejemplo‒. Es la revolución.


Medalla de honor de la Sociedad española de criminología y ciencias forenses 2014


     Está bien calificado y bien merecido por el rigor y el respeto a las instituciones tanto policial y judicial con que las trata y describe, en sus novelas, como en sus procedimientos. La primera parte, Memento mori, es un cúmulo de información, al principio, en el que el lector se ve totalmente abrumado de incoherencias aparentes por los sesgos del género policíaco americano desconociendo el sistema policial nacional.

      Jon Sisitiaga y Lorenzo Silva sirvieron de abanderados para promocionar esta trilogía para amenizar cualquier discrepancia ante semejante desconcierto del inicio, para dar paso a una sala ahora iluminada. La sala de la veracidad.
«Nuestro trabajo no consiste en descubrir quién es el asesino, nuestra labor es encontrar las pruebas para que el fiscal pueda probarlo.»
    Con estas palabras sentencia Urtzi, el inspector de homicidios y asesor de César Pérez Gellida, el final de la trilogía para que pudiese transmitir al gran público, a través de la tercera parte, Consummatum est, qué ocurre cuando sólo hay indicios para encerrar en prisión a Augusto Ledesma dentro del funcionamiento del sistema judicial español ‒y sus plazos, con sus prórrogas, la presión de cada una de las partes; es increíble cómo las describe‒.

     El autor no solo se preocupa del funcionamiento del sistema, sino de aquello que lo hace funcionar, así como del factor humano y su naturaleza. Lo que acciona el motor, el asesino, y los engranajes que permiten el movimiento hasta su detención, los policías y los jueces.

Caracterización de los personajes

    Me ha parecido colosal la forma en que realiza el perfil criminal de Augusto Ledesma y ejemplifica con datos reales de sucesos y asesinos en serie ‒tanto de España como extranjeros‒, junto con las locuciones latinas para aumentar su megalomanía y apuntes literarios (generalmente lírica, poesía y clásicos), para perfilar totalmente una mente perversa, inteligente y egomaníaca.

 «Un momento, una canción.»

      Gellida realiza la síntesis del perfil criminal con la agilidad narrativa de dos puntos de vista en el segundo volumen, Dies irae, (en primera persona, desarrollo moral y evolución de Orestes en la trama; en tercera persona, el diálogo que mantiene el psicólogo ‒Armando Lopategui‒ con el asesino, como génesis y comprensión de la semilla criminal ‒una auténtica delicia para cualquier criminalista‒).



     Por último, los momentos reflexivos que realiza el autor denotan una gran cultura filosófica tanto en corrientes canónicas (Séneca), idealistas (Schopenhauer) o existencialistas (Nietzsche), para completar rasgos psicológicos de los personajes más emblemáticos sin caer en esterotipos.

  Como prueba de ello, Ramiro Sancho, inspector de homicidios, no cae en la historia traumática de un pasado conflictivo en pleno aislamiento cuyo punto de fuga, su pasado, se reencarna en un presente lleno de inconstancias.

     Cabe mencionar que por la agilidad de su narrativa e hilo argumental, porque la inmersión es absoluta, a diferencia del visionado de una película (espectador pasivo), es como vivir en la propia novela asimilando unos diálogos totalmente coloquiales, elocuentes y espontáneos. Quedé pasmada con el diálogo del drogadicto argentino con el antagonista porque parecía una transcripción de una conversación real.


Rigor histórico


     Por el rigor histórico con que menciona datos específicos sobre el exilio de los españoles en la Guerra Civil a Rusia, la formación del KGB, la conspiración para asesinar a Trotski y otros datos relacionados con la URSS no es de extrañar que visitando su página oficial se lea lo siguiente: Licenciado en Geografía e historia.

     En la segunda parte de la trilogía Versos, canciones y trocitos de carne, con prólogo firmado por Jon Sistiaga, nos hace una síntesis de la crónica de las Guerras Yugoslavas (más conocidas como la Guerra de la antigua Yugoslavia 1991-2001). No falta al rigor ni a la credibilidad porque forma parte de un relato desde un punto de vista imparcial en donde los bandos quedan desalineados, cuyas líneas, que antes quedaban perfectamente perfiladas, ahora están hechas jirones por la historia que hubo detrás; una historia no contada porque en su momento no le interesaba a la OTAN, ni ahora tampoco. Todos fueron culpables y Gellida explica por qué. Explica los números. Dónde se sumó y qué se restó. Quién usó una máscara y quién se destapó.

      El que no conozca a César Pérez Gellida pensará que es un policía retirado o un fiscal, debido a la exactitud de los sucesos con que narra Versos, canciones y trocitos de carne. Todos los amantes de la novela negra agradecemos a aquellos escritores tan dedicados como Gellida que nos brindan su esfuerzo y constancia para que un relato sea lo más veraz y consecuente con los hechos, como si estos ocurriesen en la vida real.


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