Henry James. El americano.

El título, lejos de ridiculizar la figura del hombre norteamericano, nos da una pista de uno de los guiños del autor en toda su obra. La trascendencia de un norteamericano con visos de ser inglés.

Así lo demuestra su nacionalización posterior al Imperio Británico y las novelas con tintes anglosajones del este del Atlántico.

Los papeles de Aspern

De la wikipedia extraemos lo siguiente:

En 1887 James había conocido en Florencia a la condesa Gamba, casada con un sobrino de Teresa Guiccioli, último amor de Lord Byron, que conservaba unas cartas de amor del poeta. James mostró interés por conocer el contenido de estas cartas, pero la condesa se negó en redondo a permitirle leerlas. Aproximadamente por la misma época el autor tuvo noticia de la historia de un bostoniano llamado Silsbee, apasionado admirador del poeta romántico Percy B. Shelley, que se hospedó en casa de la anciana Claire Clairmont -amante de Byron y madre de su hija Allegra- y de su sobrina nieta, con la esperanza de apoderarse de cartas de Shelley y de Byron. Al fallecer la anciana, la sobrina le propuso entregarle las cartas a condición de que se casase con ella. Silsbee huyó.

James altera algunos detalles de la historia: inventa, por ejemplo, al poeta romántico ficticio Jeffrey Aspern, estadounidense, y atribuye la misma nacionalidad a las señoritas Bordereau. Todos los personajes son, pues, norteamericanos.

Es obvio que Henry James no se mata con la escaleta literaria. Es obvio, también, que tampoco se mata con la puesta en escena ni con el final de la misma.

Es trágico leer una historia que encaja al dedillo con una historia real en lugar de una libre interpretación de los hechos como hizo en su día Dostoievski con Los demonios

Interpretación de la obra

Realizando una valoración del expatriado James, podemos suponer, aún sin mencionar que la obra está ambientada en Venecia y que es sumamente extraño no haber constatado absolutamente nada costumbrista, que el autor se centra en la historia en sí.

No se centra en nada más que en la hipocresía del editor para con las señoritas Bordereau y su anhelo de conseguir los papeles de Aspern pertenecientes a la señorita Juliana.

Cierto es que, si bien el editor censura el oportunismo de Tina, no es de extrañar que el oportunismo descarado del editor se vea enmascarado por una falsa moral americana. Esto entra en conflicto con los sentimientos del autor que, acercando el americanismo a la inocencia y la ignorancia de las costumbres europeas, no deja de ser un extranjero en territorio de nadie.

El estilo es más cercano al drama interno y psicológico haciendo hincapié en las digresiones, a veces difíciles de interpretar, con un marcado toque barroco. Es relativamente fácil que se pierda en largas reflexiones ralentizando la acción.

La obra no dejará indiferente a nadie pero solo es recomendable a los fans, como yo, de la literatura del siglo de la novela, esto es, del siglo XIX.

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